El sábado por la noche, tuvo lugar en Alemania la ya sonada tragedia en el concierto “Love Parade” en el que tras producirse una avalancha humana, 19 personas perdían la vida, entre ellas dos estudiantes españolas.
Conforme se ampliaban las noticias, mi estupefacción iba creciendo, no era capaz de comprender como para un evento con previsión de asistencia muy superior al millón de personas, se hubiese seleccionado un recinto con capacidad para unas 300.000, una antigua estación ferroviaria. Al menos eso reflejan comunicados de la policía local y el cuerpo de bomberos donde aseguran haber puesto estos datos en conocimiento de las autoridades locales que debían dar los permisos de celebración.
Más imprudente todavía, era que sólo existiese un único acceso al recinto, un túnel que debía servir tanto de entrada como salida de tanta gente que pensaba disfrutar del espectáculo musical. En esta pasarela semisubterránea, no podían concurrir más de 250.000 personas, y esa cifra se multiplicó por seis, alcanzando el 1.500.000 de personas. Era un auténtico embudo. Y para más agravantes la cobertura de seguridad resultaba más que insuficiente, una media de un agente cada 1500 asistentes. Pero las autoridades locales, poco acostumbrados a esta oportunidad de promoción, hicieron oídos sordos a éstas advertencias, yo supongo que eclipsados tanto por la trascendencia mediática como por el beneficio económico que para una población, supone un festival de dichas dimensiones.
¿Cómo se había podido permitir esto? Si para cualquiera es inexplicable, para un organizador de eventos cualificado todavía más. No es desvelar ningún misterio que un buen profesional esta pendiente de todos los pequeños detalles para que el evento sea un éxito. Pero en este caso, no era un detalle, no se había olvidado instalar unas pantallas para seguir mejor las actuaciones, era haber ignorado las premisas fundamentales para la celebración de un macroevento: unas instalaciones adecuadas, una previsión detallada, unas medidas de seguridad optimas, accesos y puertas de evacuación suficientes, presencia de cobertura sanitaria… En pocas palabras, se estaba pasando por alto lo fundamental en la preparación de un evento.
Por supuesto, los organizadores son señalados con el dedo acusador de la opinión pública por anteponer el ánimo de lucro a la seguridad, ¿Pero era necesario con todas la previsiones en contra, celebrarlo en ese lugar? ¿En este lugar se recaudaría más que en otro? Claro que no, ¿Por qué entonces mantenerse en celebrarlo en el pequeño municipio de Duisburgo?. Alguna explicación en ésta línea hubiese esperado del organizador, Rainer Scheller, que lejos de cualquier justificación, las únicas palabras suyas que han trascendido son que “El Festival Love Parade nunca volverá a celebrarse”.
Permitánme que le responda a éste señor, que su ineptitud y la de otros han desembocado en esta tragedia y gran fracaso. Que no ha sido un accidente imprevisible, aunque no deseado. Era probable y en protocolo y organización de eventos se huye de las probabilidades desfavorables. Que su trabajo consistía en procurar las mejores condiciones para el éxito del evento, tanto en lo económico como en una celebración sin incidencias. Los suyos, desde luego, son errores más que de principiantes, donde el intrusismo es descarado, me niego a creer que hayan recibido alguna formación para el desempeño de estas funciones. Y en este trabajo, sólo con la buena voluntad de hacerlo bien no es suficiente, no todo el mundo es válido.
No es la primera vez que ocurren tragedias de este tipo en la organización acontecimientos multitudinarios. Conciertos o finales de eventos deportivos se han ensombrecido por hechos similares. Nunca una grada puede caer si se ha revisado su estructura y si no se excede el peso que puede sostener; Nadie se asfixia si ante cualquier incidente puede salir por una de las puertas de emergencia dispuestas precisamente para sucesos inesperados; No pueden enfrentarse aficiones causando heridos si la vigilancia es suficiente y se evita que se mezclen… Y de haber algún incidente, se minimiza con rápida asistencia, ya sea policial, sanitaria, etc…
Ese es el trabajo de un buen organizador de eventos, minimizar riesgos, prevenir cualquier situación posible que pueda afectar al acto en si y estar preparado para solventarlo de manera rápida y eficaz, máxime en los referido a la seguridad de los participantes. Esta es una profesión exigente y que requiere preparación y mucha dedicación.
María Perpiñán para RevistaProtocolo.com